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"El
hecho de estar implicada en el mundo del arte contemporáneo y las
galerías desde 1987 me permitió desarrollar una colección
de relatos sobre coleccionistas, galeristas, subastas, críticos
de arte, etc. que fueron publicados en la revista ART entre 1998
y 1999. Esta serie -junto al relato El niño que amaba sus pies
de pato (1993)- constituye el precedente de algunos de los aspectos
de esta novela".
Mateo, un joven biólogo que pasa un año sabático
en una playa de Cádiz, recibe una carta de su hermana, junto a
una colección de objetos (unos pies de pato, una serie de fotografías,
recortes de periódico, unos diarios, libros) que le retrotraen
al pasado y a la figura de su madre.
A partir de aquí, inicia una reconstrucción de su infancia
y de los excéntricos personajes que la poblaron.
Mediante una técnica que funde en una aparente linealidad diversas
perspectivas, la autora plantea un pensamiento narrativo que alude a la
teoría de los fractales, a su enlace entre el todo y las partes,
y a la correspondiente necesidad de entender los fragmentos más
ínfimos para abordar lo absoluto.
En las páginas de esta novela se funden el arte y la vida, lo natural
y lo artificial, lo vivo con lo inerte; y los personajes, progresivamente
inmersos en esta fusión de opuestos, toman conciencia de algo que
está más allá de su temporalidad física: “(...)
le quedó una gran tranquilidad y la sensación de que, pasara
lo que pasara, existía una estructura invisible sujetando sus vidas,
un inmenso prisma de luz cuyos lados infinitos unían lo pequeño
y lo grande, lo individual y lo universal, lo efímero y lo perdurable”.
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