El
miedo sigue desviando la aguja de nuestros compases; en toda mi obra no
he sido capaz de escribir ni una sola vez la palabra concha, que por lo
menos en dos ocasiones me hizo más falta que los cigarrillos.
Julio
Cortázar, Último Round.
De niños, nos aconsejaban el pertrecharnos con un buen diccionario
antes de embarcarnos en cualquier lectura, porque siempre podías
toparte con palabras-castillos inexpugnables y esas sí, amigo,
no hay quien las rinda, decía la maestra. Nosotros, equipados
con nuestra imaginación como aquel gato con sus botas de siete
leguas, saltábamos por encima de ellas como si de garbanzos se
tratara. Y ahí quedaba el pobre Aristos a nuestro lado, muerto
de aburrimiento.
Descubrí tardíamente la fascinación de explorar
parentescos lejanos, senderos poco frecuentados entre las palabras gracias
a Julio Casares y María Moliner. Pero no hay que fiarse en exceso
de ellos. Ahí están esas dos palabras que nos asaltan
en cada esquina con disfraz de interjección o de exabrupto y
que, sin embargo, siguen siendo tabú en el lenguaje escrito.
En vano buscaremos coño o polla en el universo lingüístico
de Casares o la Moliner, lo más cercano a ellos serán
*vulva y *pene ( o “miembro viril”, a secas) cuyos asteriscos
nos indican, en el Casares, que podemos encontrarlas en la parte de
sinónimos, relacionadas con una amplia familia de palabras. Ah,
pensamos con cierto alivio, a lo mejor el coño y la polla han
ido a esconderse entre ellas, para pasar más desapercibidas.
¡Incautos! De vulva nos mandan a matriz y de
pene a testículos; palabras desnudas, puramente
denotadotas, asépticas con la asepsia de un bisturí de
cirujano. En cuanto al coño y la polla… ni rastro. Al lector,
con los testículos al alcance de la mano, se le enciende
una tenue lucecita en lo más hondo de su mente. “Huevos”,
piensa por asimilación, voy a ver si los encuentro. Y ahí
va todo contento el infeliz pensando que huevo, de tan nimio, no puede
ser palabra tabú.
¿Sabía usted que el huevo, entre otras cosas insospechadas,
es el que pone la gallina, cubierto de una cáscara calcárea?
¡Cielos!, qué descubrimiento! En el Casares encontrará,
además de todo esto, todas las clases de huevos que uno puede
encontrar en cocina y repostería, desde el huevo duro y el pasado
por agua hasta los huevos hilados y los revueltos. Hay todo tipo de
huevos, menos los “huevos” en cuestión. Desconcertado,
el usuario de estos, por otra parte magníficos, diccionarios,
puede encontrar múltiples casos paralelos con sólo dejarse
llevar por una pizca de curiosidad “malsana”.
El lenguaje hablado, con su coños, sus pollas, sus huevos y etcétera
es un cauce fluyente de lava, siempre cambiante; una Gorgona con sus
cabellos-serpientes agitándose ansiosos en todas direcciones,
y sus temibles ojos centelleantes. Para el hacedor de diccionarios esta
Gorgona constituye un serio peligro, cada una de las conquistas es como
un pedazo de lava incandescente. Se la lanza fuera de la ortodoxia del
diccionario esperando a que se enfríe, allá, bien lejos,
no importa dónde, a pleno sol o a la sombra de un árbol;
porque ya es sabe, no es bueno tener una oveja negra en el rebaño.
Y una palabra-lava incandescente puede encender a las demás palabras,
hacerlas estremecer con sacudidas violentas. Y qué pasaría
si, de pronto, el párpado quisiera ser sinónimo de coño
y el tubo de polla. Vale como imagen, pero nada más, se dice
el hacedor de diccionarios, y deja que la palabra-lava pase la escarlatina
a distancia, porque hay que amansarla, despojarla de todas esas chispas
que suelta con delirios de potra salvaje, volverla fierecilla domada
y entonces sí, cuando sea ortodoxa como un político después
de su primer mandato, dejarla entrar en el diccionario.
Éste, en síntesis, es el proceso a través del cual
la lengua escrita alcanza a la lengua hablada, la asimila, despojándola
de todo lo revulsivo y provocador que pueda contener. Pero en ese instante,
la lengua hablada, la de “verdad”, se halla ya a años
luz. Pobrecita lengua escrita, siempre vacilante y a la zaga, con su
falsa máscara de seguridad. Si alguien dice “tienes una
vulva mullida, húmeda, jugosa” lo más seguro es
que nadie se escandalizará pues a la mitad de los hablantes se
les escapa el significado de la palabra vulva. ¿Qué sucede
si cambiamos vulva por coño y hacemos la concordancia en género?
Sonará a redoble de tambores y aún despertará más
de una conciencia feminista. En unos años, a lo mejor, podremos
usar coño de una manera totalmente inofensiva, cuando entre en
el diccionario y adquiera categoría de expresión “literaria”.
Pero vendrán nuevas palabras a sustituirla y serán, de
nuevo, palabras-lava, palabras-tabú.
Mientras, la heterodoxia de la lengua hablada se cuela a través
de un hermafroditismo fisiológico-gramatical, le hace un corte
de mangas al diccionario. En éste, al sexo femenino se le atribuyen
términos con género gramatical femenino: (la) vulva, (la)
crica; y al masculino, idem de idem: (el) pene, (el) falo, (el) príapo,
(el) pudendo, (verga es una excepción). El lenguaje hablado nos
asalta con su el coño para lo femenino
y la polla para lo masculino: palabras que
relampaguean en las aguas profundas de la lengua como peces abisales
en espera de que alguien las saque a la luz, haga ver sus múltiples
facetas tersas y punzantes y suaves y bruñidas.
Por qué coño o polla cuando entran en la expresión
literaria lo hacen con calzador. O suenan como si estuviéramos
violando el resto del texto o caen en la pura obscenidad.
No es difícil responder cuando te das de bruces, en un texto
cualquiera, con un principio de frase como éste: “Precisaba
don Javier de tres casas…”. De pronto te sientes totalmente
descolocado, como si en lugar de leer un texto escrito en 1992 estuvieras
oyendo a un juglar recitando un cantar de gesta. La frase bien podría
seguir: “…de tres casas de fierro, díxole al rey”.
A cada paso te topas con esta lengua engolada que usa voces y hasta
estructuras caducas como signo de “cultura” y de buen “fablar”.
Qué se puede esperar que escritores de tal “guisa”
hagan con el coño o la polla. En contraposición, pondré
otro fragmento, no ya de Lawrence o de Bataille, ni de ese erotismo
que no alude ni a coños ni a pollas pero que es tan erotismo
como el otro: el de Hans Castorp contemplando una placa radiográfica
de su amada en La Montaña Mágica, o el del relato
Silvia de Cortázar (cualquier lector tiene una miscelánea
privada en su cabeza), sino de la Enciclopedia Británica, un
texto “científico” que resulta mucho más “literario”
que otros textos considerados como tales: “Thickening, softening,
and relaxation of the loosely folded, succulent lining of the vagina
and the sodden tissues beneath it greatly increase distensibility and
capacity of the vaginal cavity; this is a process that partially prepares
the birth canal for the passagee through it of the large fetal mass”.
¿Se imagina una descripción como ésta en digamos,
por ejemplo, la Espasa?
Y así, en tanto esperamos a que la expresión lingüística
se libere de sus mordazas, seguiremos utilizando eufemismos, y diremos
“miembro viril” y pene que, al fin y al cabo, no resulta
ya ni malsonante: una palabra por la que resbalamos con los ojos cerrados,
como por un tobogán de niño, sin curvas ni abruptos finales.
Y hablaremos del “delta de Venus” (sin fijarnos ni tan siquiera
en las magníficas connotaciones de la palabra delta,
llena de depósitos y sedimentos, de barro y de tierra, de musgo,
de helechos, de pequeños animalillos muertos, impregnada de un
olor mórbido, saturado, húmedo). Y también, ¿por
qué no?, puestos a decir, rescatamos las palabras del diccionario
y nos ponemos a hablar de pudendo y de crica que, de tan incomprensibles,
a buen seguro no despertarán un mal pensamiento ni en la mente
más malpensada.