Desde el principio, la tarea de regar
los naranjos se había convertido en el símbolo de aquellas
vacaciones. Mamá decía empápalos bien Lucas, que
el sol se les bebe el agua, y cuida no te vayas a mojar. Equipado con
mis botas de agua, llenaba los pozos de los alcorques excavados directamente
en la tierra y a mi vez, aprovechando la diferencia de edad, le daba
órdenes a Anita diciéndole que ahora que estaba húmeda
sacara las malas hierbas. Decirle que no se mojara era del todo inútil,
porque siempre terminaba por descubrir un escarabajo o un gusano al
que había que socorrer en aquel caldo que era el agua de los
alcorques y acababa hecha una sopa. Había que llenar por lo menos
veinte (la verdad, nunca me entretuve en contarlos), los últimos
con regadera, porque, aunque la manguera serpenteaba larga y potente
bancales abajo, aquéllos ya estaban muy lejos de la casa. Desde
la minúscula explanada de hierba que la rodeaba (toda ella salpicada
de múltiples flores y plantas, una especie de compendio descabellado
del mundo vegetal reunido allí por el fanatismo de un botánico
loco), daba gusto ver los cuerpecillos erguidos apuntando al cielo de
la tarde con sus hojas tiesas y verdes como caramelos de menta. Con
los brazos en jarras contemplaba satisfecho los resultados de aquel
afán mío de jardinero novato y me parecía que el
triángulo de mar encajado al fondo entre los bosques de encinas,
desplegándose por encima de éstas en la cúpula
del cielo, venía a formar otro árbol, más grande
y etéreo, que aseguraba, en esa continuidad de formas, nuestra
vida aquí abajo. Mamá se acercaba por detrás y
me rodeaba el hombro con su brazo que, en los últimos tiempos,
era fino como un suspiro (Cada día estás más delgada,
Susana, ese canalla acabará contigo, y yo preguntándome
quién sería ése a quien Diego llamaba canalla,
que se le afilaba la voz como una espada): “Qué bien lo
has hecho, Lucas, eres el mejor jardinero del mundo”. Y, aunque
la frase siempre era la misma, no dejaba de esperarla por eso. Porque
más que lo que decía era el modo, esa alegría de
riachuelo que le saltaba en la voz, salpicándolo todo de humedad,
de minúsculos cantos rodados y de helechos. Y el corazón
se me henchía como un globo rojo, que parecía que me fuera
a explotar dentro.
Al cabo de unos días supe que, en esos momentos, no había
que preguntar por papá, porque entonces la voz se le apagaba,
quedaba quieta como esas vastas extensiones de agua opaca que son los
ríos del Amazonas. Había dejado de preguntar cuándo
vendría, y yo se lo agradecí en silencio, esa forma de
mirarme desde el fondo de sus ojos. Cómo se enreda el mundo en
los radios de tus iris, tan entendiéndolo todo pero sin entender
nada, pobre Lucas, mi amor, a tus siete años. No dejará
nunca de asombrarme tu inmensa confianza de niño, esa certeza
de que nada malo nos puede suceder. A mí porque me protege algo
que está por encima de mis propias fuerzas, como si el mundo
fuera una esfera perfecta, compacta y cerrada, a la que nada le puede
llegar desde fuera; a vosotros, porque, en todo caso, siempre estarán
papá y mamá para salvaros.
Hoy, nada más llegar de la playa, y mientras aparcaba el coche,
he oído sonar el teléfono y corriendo he ido a cogerlo.
Como una tonta, como una adolescente que espera ansiosa la llamada de
su enamorado, no tenía aliento al levantar el auricular, acercármelo
a los labios, un hilo de voz que apenas tengo fuerzas para juntar: “¿Sí?”.
—¿Cómo están mis naranjos?
La voz de Diego me ha sobrecogido con la inoportunidad de algo que no
esperamos y que viene a suplantar lo deseado. Pobre Diego; me deja su
casa de campo, sin más condición que le riegue los naranjos,
y ahora lo estoy odiando por ser él quien llama. Se da cuenta.
“¿Esperabas otra llamada?”. “Soy una imbécil”,
me disculpo, “no sé cómo se me ha ocurrido, ni por
un momento, que él pueda llamar”. “Ese hijo de
su madre no te merece”. Le pregunto cómo le va por
Cerdeña, y él me asegura que su novio sardo es un encanto,
pero que no va a cometer el error de pensar, como otros, que
eso es para siempre. También le digo que me he traído
el ordenador portátil, para dejar lista la documentación
de los catálogos que hay que imprimir en septiembre. Lo oigo
resoplar del otro lado: “Por Dios, Susana, ¿no puedes dejar
de trabajar ni siquiera en vacaciones?”. Le aseguro que eso me
distrae y hace que, a ratos, deje de pensar en Fernando. También
la playa de Sant Roc, que hemos descubierto, me relaja. Revolcarme en
el agua con los niños y mamá súbete a la colchoneta
y risas y ahogos y chapuzones como si de pronto hubiera recuperado mis
trece años. Bajamos los tres a media tarde y subimos a eso de
las ocho. Cada dos días, nos paramos a comprar provisiones en
el supermercado. Esa rutina diaria de trabajo matutino a la sombra de
la parra, comidas, siesta y regar los naranjos, playa y de nuevo la
cena y recogerse temprano como las gallinas, hace que duerma como una
niña, con el canto de los grillos en las orejas, lo tranquilizo
y él me hace prometer que no voy a trabajar tanto pues la sombra
de la parra es para tumbarse a la bartola y no para enchufar el portátil,
te quiero en buena forma cuando empiece la temporada. Cualquiera diría
que eres un entrenador de fútbol y no un galerista excéntrico
y loco, y aquí arremeto con el mejunje de plantas que salen por
todas partes, sin ton ni son, en la explanada. Y enumero aves del paraíso,
camelios, gardenias, plúmbagos y bignonias, granados, claveles
chinos, espinos, orquídeas y hortensias de invierno y dientes
de león, cóleos, daturas etcétera. Él se
ríe y me cuelga con un vete a la mierda, que entonces yo me preguntaba
quién sería ese hijo de su madre que no merecía
a mamá, y no le encontraba sentido, porque era tan evidente que
cualquier hijo lo era de su madre que no tenía ni pies ni cabeza
llamar a alguien así, y menos con la rabia con que Diego, el
jefe-amigo de mamá, lo hacía. Era como llamar a un niño
niño o a un mono mono. Que la señorita
Blanca, la de primero, decía que eran nombres comunes. Para identificar
tenían que ser propios, de esos que se escriben con mayúscula,
como Susana y Fernando, que eran papá y mamá. Aunque vaya
lío lo de los nombres. Si vas a un estadio de fútbol y
gritas Susana, más de una se levanta. Y, aunque ninguna será
mamá (ella odia el fútbol), todas se identifican con el
mismo nombre, quedan como aplastadas por él. ¿No podría
tener cada persona que habita la Tierra un nombre distinto, algo que
hiciera que Susana, mi madre, no fuera igual a oídos de un desconocido
que esa otra Susana que se alza en una de las gradas para vitorear con
grito demente el último gol del Barça? Pero esto no se
lo decía a la señorita Blanca, porque me hubiera contestado,
con esa tremenda falta de lógica que a veces tienen los adultos,
que para eso ya está el apellido, como si no hubiera dos Susanas
Vidal repetidas en el mundo. Susana, esta Susana que es mi madre, se
acercaba a la cocina, las sandalias de playa despegándose a cada
paso de sus talones con un ruido de succión, como si no quisieran
terminar de despegarse. Colgué el auricular del teléfono
supletorio y ya estaba Anita a mi lado amenazándome con decírselo
a mamá. ¡Calla, mocosa! “¡Mamáaa...
me ha llamado mocosa!”, un llanto como una cascada saliendo de
aquel cuerpo donde se apelotonaban tres años de vida, pero sin
chivarse porque sabía de antemano que cuando mamá se metiera
en la cocina para fregar los platos de la cena, dejándonos en
el porche, donde poníamos la mesa, con una nube de mariposas
nocturnas girando alrededor de la luz y creando sombras gigantescas
en las paredes y otra invisible de mosquitos haciendo diana en nuestras
piernas, mi helado de tres sabores sería en silencio para ella.
Mamá le había mentido a Diego descaradamente pues ni se
recogía como las gallinas ni tenía el sueño plácido
de Anita, pongamos por caso, que, en cuanto ella la metía en
la cuna, caía hecha una marmota, tanto trotar para arriba y para
abajo como una cabra de monte todo el santo día. Estaba seguro
de que esa noche la oiría rondar por el piso de abajo, al igual
que todas las noches, la imaginaría encendiendo un cigarrillo
y apagándolo, haciendo girar distraídamente su alianza
que, con el peso que había perdido, le venía ancha. Se
la sacaría y miraría la palabra grabada en su interior
en finísima cursiva, cada una de las letras girando en aquella
dorada órbita planetaria hasta formar un nombre: Fernando.
Más tarde trataría de concentrarse en su lectura de vacaciones,
y rondaría por el Vernon Hotel en tanto hacía tiempo,
esperando que el teléfono sonara. Al final, el canto monótono
de los grillos y el ulular de una lechuza a lo lejos me embarcaban en
el sueño, y dormía a pierna suelta hasta que la luz del
nuevo día se colaba en la habitación en forma de una lechosa
claridad de humo que dejaba adivinar el contorno de las cosas. Daban
ganas de palparla con las manos, de olerla y hasta de masticarla, pues
esa luz era la promesa del nuevo día que me llegaba a la nariz
con el olor de las tortitas que mamá ya estaba haciendo en la
cocina.
—¿Te acuerdas de lo que nos prometiste ayer?
Masticando una tortita que había untado con dos cucharadas colmadas
de mermelada de frambuesa. Y claro que se acordaba. Yo ya lo sabía,
porque ella no faltaba nunca a sus promesas, pero de todos modos no
está nada mal que me lo recuerdes, Lucas, no sé qué
me pasa estos días. Tengo la cabeza en las nubes. Come con la
boca cerrada o acabarás tragándote una avispa. Vaya con
estos bichos, en cuanto pones algo en la mesa a un panal de rica miel
etcétera. Qué calor. El día promete.
Me paso la mañana terminando la bibliografía del artista
inglés Martin Camera, que inaugura el veinte de septiembre la
nueva temporada. Lucas y Anita andan por la era, revolviendo la escayola
en una carretilla de juguete. Sube Anita sofocada, quiere dos cucharas
para hacer la pasta, grandes, especifica, y yo sé que eso significa
largas. Le doy dos viejos cucharones de aluminio, sabiendo que a Diego
no le importará, y ella se desvanece entre dos macizos de laurel,
camino de la era, enarbolándolos con el orgullo del que ha conseguido
un gran trofeo. Entro en la cocina y preparo gazpacho y una tortilla
de patatas. Anita protesta ante su tazón de pizpacho,
pero al final no deja una gota frente a la amenaza de que, si no se
lo toma, se queda sin circo. A media tarde (calculamos por la altura
del sol, por el sucederse de luces y sombras y el calor del verano sobre
la piel, ese ritmo, como un latido de sangre, que el mismo paso de los
días te inyecta suavemente en el cuerpo) me acuerdo del reloj,
el único reloj que hay en esta casa y que no está dentro,
sino fuera: el reloj del coche. A la playa se puede llegar a las cinco
y diez o a las cinco y media, no hay gran diferencia. Pero se supone
que el circo es una cita exacta con su reloj siamés de doce horas
y sesenta minutos por hora y única función diaria de nueve
a una de la madrugada, tres días, no se lo pierdan. Al llegar
a la puerta del coche me doy cuenta de que las llaves no están
donde deberían, en el bolsillo del short, y me pongo a buscar
como una loca, pues de pronto me domina una de esas intuiciones que
de forma irracional creemos ciertas, como si la llave del coche hubiera
ido a esconderse al mismísimo centro de la Tierra. “No
la encontraré”, me digo en tanto rodeo el coche, revuelvo
la ropa de la habitación, hurgo debajo de los sofás, y
la memoria y los pasos desandan todos los caminos andados desde el día
anterior. “Niños, no os mováis, no vayáis
a darle una patada y se esconda más sin que nos demos cuenta”,
les ruego, casi como si la llave estuviera viva y fuera un maleficio.
Obediente, Lucas sigue haciendo sus deberes a la sombra de la parra
y Anita pregunta con esa rotundidad propia de los niños: “¿No
podremos ir al circo, que nos lo prometiste ayer? ¿No podremos
volver nunca más a Barcelona?”. “Claro que no podremos,
tonta”, le dice él sin levantar la cabeza de las sumas.
A eso de las ocho, me rindo, y entonces Lucas pregunta si puede ayudar,
que cómo es exactamente la llave. “Plateada y con la cabeza
redonda y plana, de plástico negro”, me dijo mamá
sin esperanza. Y yo me puse a buscarla. Primero por la era y luego por
la explanada. Entonces me acordé de mi amigo Francis, que decía
que, para encontrar un objeto perdido, bastaba con tomar una piedra
al azar y lanzarla por encima del hombro mientras pensabas con fuerza
en ese objeto como si el mundo entero se hubiera ido al carajo y sólo
existiera eso. Y así me lo figuré, mientras tiraba la
piedra que, rebotando, fue a parar debajo del coche, muy adentro, que
me tuve que meter hasta que salí con la llave.
—Eres genial, Lucas —dijo mamá estampándome
un beso que olía a cansancio en la frente. Le daba vueltas a
la llave y no terminaba de creérselo. “Pero si es muy fácil”,
le decía yo: “Basta con tirar una piedra”.
El Circo Omar levanta su carpa azul
y blanca, emplumada con banderines de colores en la punta, junto al
campo de fútbol de Sant Roc, tras la vía del tren que
separa el pueblo de la playa. Por el tamaño, enseguida me doy
cuenta de que es un circo familiar, uno de esos circos de la infancia
en que un puñado de personas unidas por relaciones de sangre
se desdoblan infatigablemente en un sinfín de números.
Llegamos pasadas las nueve, pero la taquilla está vacía
y, a pesar de que los pocos niños que hay en el estrado de madera
de la entrada no pueden controlar su impaciencia, y saltan y se escurren
y se agitan como insectos bajo la mirada entre comprensiva y paciente
de sus padres (es una mirada de vacaciones, me digo), la taquillera
no aparece hasta las nueve y media pasadas, rubia de bote y una cola
de caballo hasta la cintura peinada muy tirante hacia atrás,
lo que remarca, junto al maquillaje, unos rasgos de escultura primitiva.
Mientras entra en la taquilla, me fijo en las medias de rejilla con
costura y en sus zapatos negros de plataforma que, junto a la delgadez
de su cuerpo torneado, crean la ficción de una altura que está
muy lejos de tener. Con acento italiano me interroga ¿palco o
platea?, esbozando el compromiso de una sonrisa, apenas quinientas pesetas
más, qué poca gente hay hoy, non llenaremos. Escojo palco
y me pregunto qué papeles desempeñará además
de éste. Le asigno el de equilibrista y ayudante de mago, y no
me equivoco del todo. Sí me equivoco en cuanto al revisor al
que, por ser tan poca cosa, no le doy más papel que ése.
Y me asombro al verlo aparecer en la pista con su baúl de serpientes,
y más tarde caracterizado de faquir atravesándose el pecho
con agujas de alquimista y tragando nubes de fuego.
La presentadora, frac azul metalizado y solapas rojo fuego, es la cara
envejecida de las fantásticas equilibristas ¡Hermanas Tadini!,
de ¡Vivianna, la mejor contorsionista del mundo! O de la maga
Chiara (la taquillera y una de las Hermanas Tadini) ¡capas de
esindir en dos a su ayudante (no es otra que Vivianna) sin que sufra
daño alguno! Y hace acopio de voz, parece tan fatigada, en tanto
presenta sin convicción un número tras otro, las mismas
personas encarnando identidades distintas gracias al cambio de traje
y de habilidad. Miro a Lucas y Anita, que están embobados viendo
al pequeño de la familia, Omar, un alud de entusiasmo mientras
va de un lado a otro haciendo restallar el látigo a los pies
del pony sobre el que un triste chimpancé disfrazado de rey se
deja trotar, o presenta a los animales esóticos del sirco
(el mismo pony y una llama con una piel que parece una manta usada),
y hace de listo en el número del payaso tonto, o se esconde con
su hermano (también Tadini, sólo que Amadeo y unos quince
años mayor) bajo la negra carcaza del toro que habrá de
embestir al pobre payaso y funambulista esforzado (tendrá más
de setenta años y lo suyo es temblar como una hoja), o danza
la balalaica disfrazado de ruso, entregándose de rodillas en
un patinaje final que lo deja sudoroso y sin aliento a la orilla de
la pista, con los brazos abiertos frente a un público entusiasmado
de niños que aplaude a rabiar. A cada tanto Omar se acerca a
la presentadora, le sonríe con su boca de niño y cambio
de dientes, un gesto cómplice arrimándose brevemente a
ella, a su traje de cielo y fuego que no aguanta la dentellada de los
focos, y ella le pasa el brazo por el hombro, una sonrisa ida y tan
cansada desde arriba. Me pregunto qué historia de esfuerzo y
sufrimiento se esconde tras esta familia Tadini, tras la mujer-mejillas
hundidas a fuerza de cataclismos, ojos de cuenca pluvial, sedimentados
y sin brillo. Por unas horas, inventando la vida de los demás,
me olvido de la mía propia.
La función termina con la familia Tadini al completo desfilando
alrededor de la pista, agitando banderas internacionales que en vano
tratan de disfrazar con ese ondear de franjas, insignias, colores y
estrellas la modesta realidad del Circo Omar. En el ambiente sofocante
de la carpa, Amadeo Tadini trata sin éxito de reforzar el efecto
con unas palabras finales sobre la magia del circo y mientras haya niños
y niñas como vosotros en el mundo el sirco seguirá vivo
en el anima di tutti. Yo lo miraba al hermano de Omar y veía
cómo toda la gente se iba levantando. Le pregunté a mamá
por qué se iban, si todavía no había terminado
de hablar. Nosotros nos quedamos hasta el final. Las luces se fueron
apagando y la cenefa de caballitos azules que circunvalaba la pista
galopó hacia la oscuridad. Mientras el coche enfilaba el caminito
de tierra que llevaba a casa, le hice prometer a mamá que volveríamos
al día siguiente, y al otro. Ella hizo un cálculo mental,
y yo sabía que estaba barajando cifras. “Está bien”,
dijo y, como para sí misma: “No será ninguna ruina”.
“¿Lo prometes?”. Llevándose dos dedos a los
labios y besándolos en un signo de juramentado: “Seguro”.
Yo miraba la luna, redonda como una boca de luz entre los álamos
que nos escoltaban, y me figuraba que era Omar, Omar haciendo equilibrios
boca abajo sobre una torre de sillas, rozando con sus pequeños
pies de gimnasta la punta de la carpa, contemplando feliz desde arriba
aquel círculo de niños que lo ceñía en un
¡Ohhh...! de admiración general.
Al segundo día, Omar ya se había fijado en mí,
y, al tercero, era ya una mirada de complicidad tan clara que sobraban
las palabras. Mamá se había acercado a la señora
Tadini, que era la presentadora y, según mamá, la madre
de todos; a saber: Omar, Chiara, Vivianna y Amadeo. Del domador de serpientes
no estaba claro pues, aunque tenían la misma cara, venían
a ser de la misma edad, y qué decir del payaso que podía
ser el abuelo, decía mamá. “¿Qué dices?”,
le preguntaba Anita, sin entender palabra. Para ella esta genealogía
reducida de nombres y caras resulta tan incomprensible como fácil
de entender la ilusoria realidad de un circo en el que viven “por
lo menos, por lo menos, cien personas”. Àngela Tadini me
da las gracias cuando la felicito por el esfuerzo de mantener el circo.
Sonríe y, por un momento, se anima: “È Omar, il
mio píccolo figlio. Ha tanto coraggio”. Le pregunto si
desmontan esta noche, dónde estarán mañana. Distraídamente
hace marcas en el suelo con la punta gastada del zapato; la pernera
de su pantalón azul levanta una minúscula nube de polvo.
“Non credo”, dice, y su rostro vuelve a ensombrecerse. Han
dejado a un miembro de la familia atrás y tienen que esperarlo.
Al día siguiente, en tanto trato de remolcar desde lo hondo la
colchoneta en que Lucas y Anita se pelean por su fragmento de isla,
me fijo en una figura que atraviesa la vacía extensión
de arena en dirección a la orilla. Su carácter familiar
se acentúa a medida que me acerco nadando y tirando como buenamente
puedo de esa isla donde Anita está a punto de sucumbir. “¡Jolín,
me vas a tirar!”, se queja y, ante la inminencia de una derrota,
decide repentinamente que es mejor dejar de ser pirata para encarnar
a una ondina que se deja llevar a mis espaldas. “No me pongas
las manos en los ojos”, le ruego tragando agua.
Ha plantado una sombrilla roja en la arena. Se saca el pareo. Lleva
un biquini morado que apenas oculta nada, porque no hay gran cosa que
ocultar. Se dirige al agua. Llegamos a la orilla casi al mismo tiempo.
—Buona sera —dice Àngela Tadini sumergiéndose
y volviendo a salir en espiral. Con las palmas de ambas manos se echa
el cabello corto hacia atrás—. Com´è bella
l´acqua! —abre sus ojos de palmera mojada y de pronto me
parece distinta, más elástica, más joven—.
La he reconosido por i bambini —los mira alternativamente y luego,
fijándose en Lucas—: Omar è lassú —señala
el camino de tierra que bordea, delimitándolos, la playa y la
vía del tren.
—¿Puedo? —me pregunta Lucas, sin darme tiempo a contestar.
Y salí del agua corriendo, antes de que mamá me dijera
nada.
Encontré a Omar un poco más lejos, allá donde las
flores de los Don Diego de Noche, arracimados junto a los raíles,
se abrían perezosamente. Llevaba al pony de las riendas y andaba
como distraido, aunque enseguida, sin que antes hubiéramos cruzado
palabra, me invitó a montar con un gesto de la mano y una sonrisa
de su boca a la que por lo menos le faltaban cuatro dientes. Vi que
uno de los de delante estaba a punto de caer y le dije, para hablar
de algo, que pronto vendría el Ratón Pérez. Aventó
el aire con su mano libre (la otra sujetaba las riendas y una bolsa
de palomitas) y un: “Io non credo n´esas cosas; son cosas
de niños. Ne vuoi?”, y me ofrecía palomitas, que
me dejó con la boca abierta. Omar, el rey de circo, no creía
en el Ratón Pérez. Mientras comíamos palomitas,
le hice una pregunta, para ver en qué creía. Y entonces
le pregunté si creía que era posible encontrar un objeto
extraviado simplemente cogiendo una piedra y tirándola por encima
del hombro. Y aquí, para que se convenciera, le expliqué
lo de la llave. Se puso muy serio y dijo me parese que per trobare mio
padre vamos a nesesitar qualcosa di piú di una pietra. Y, para
que no me lo tomara a mal, me explicó que Él,
en cuanto cambiaban de pueblo, siempre se quedaba atrás, y todos
tenían que esperarlo, que su madre Àngela siempre le decía
tienes más hermanos en el mundo que estrellas hay en el sielo,
que cada uno es hijo de una braga. Y, aunque me dije que un
padre no era exactamente un objeto (no sabía si el truco de Francis
funcionaba en esos casos), la expresión de Omar me recordó
algo. Pensé en el hijo de su madre de que hablaba Diego;
aunque, por muchas vueltas que le di, no encontré la relación.
Estuvimos paseando un buen rato, en silencio. Yo miraba las flores de
los Don Diego, más y más abiertas a medida que caía
la tarde, sus trompetillas color fucsia y amarillo, y también
rayadas por la mezcla de semillas, despidiendo un olor que imaginaba
formado por cientos de cuerpos diminutos e invisibles lanzados al aire,
en una llamada que ni siquiera el tufillo del pony era capaz de acallar.
De vuelta, pensando en aquella constelación de hermanos, pregunté:
“El circo es de Omar, ¿verdad mamá?”, me pregunta
Lucas, de vuelta a la casa. Los codos apoyados en el asiento delantero,
se inclina sobre mi hombro derecho, inundándome de un olor a
palomitas: “Claro, cariño”. ¿Qué otra
cosa podría decirle?. ¿Que el padre de Omar también
se llama Omar y que el circo lleva su nombre?
No deja de impresionarme llegar a esta casa perdida en medio del campo
de noche. Cuando bajamos a la playa es de día, así que
siempre me olvido de encender la luz de la entrada y luego tengo que
enfocar los faros delanteros del coche hacia la puerta y desesperarme
un rato con las llaves, que no terminan de encajar en la cerradura,
mientras la oscuridad respira y se aprieta a nuestro alrededor lo mismo
que si fuera un animal vivo. Suena el teléfono y entro corriendo
en la casa diciéndole a Lucas que se encargue de Anita, por lo
que volví al coche a recogerla. Noté que se había
dormido por lo que pesaba en brazos. Mamá acababa de colgar el
teléfono y estaba así, con la mano posada en el auricular,
de espaldas y sin terminar de soltarlo, cuando le pregunté:
—Mamá, ¿pueden pesar los sueños?
Discretamente, sorbió por la nariz antes de contestar.
—Más de lo que te imaginas, Lucas. Más de lo que
te imaginas.
Y, al volverse, haciendo girar la alianza en el anular de su mano derecha,
vi que tenía dos manchas oscuras en su camisa blanca, a la altura
del pecho y, aunque ella trataba de disimularlo, supe que eran los brocales
de los pozos de lágrimas de sus ojos.
Esa noche no la oiría rondar por el piso de abajo. ¿Qué
sentido tenía esperar un futuro que ya era pasado? Era como cuando
había que ir al pediatra y sabías que tocaba vacuna. Durante
horas, la cabeza no dejaba de darle vueltas a la longitud de la aguja,
al momento del pinchazo, a la lentitud exasperante con que el líquido
penetraba. Y luego todo ocurría tan deprisa que era casi un alivio
sentir en la carne la realidad del pinchazo que, en el mismo presente,
ya se volvía pasado. Alguien había llamado y, aunque yo
tenía los brazos ocupados con aquel saco de patatas que era mi
hermana, de nada me hubiera valido correr a la cocina y coger el supletorio,
porque viendo a mamá ya sabía todo lo que había
que saber, a qué nombre propio se refería Diego con el
tan traído y llevado hijo de su madre. Y había
esperado hasta el penúltimo día de vacaciones para llamarla,
para decirle lo que tuviera que decirle, dejándole el alma durante
un mes lo mismo que el abuelo de los Tadini allá arriba sobre
la cuerda floja, temblando como un condenado y sin poder remediarlo.
Él es un hijo de su madre, sea lo que sea eso,
pensé dándole la razón a Diego.
Al día siguiente no bajaríamos a la playa, porque mamá
estuvo muy ocupada haciendo las maletas y recogiendo la casa. Hacía
uno de esos días de primeros de septiembre en que las cosas por
fin se pueden tocar, tras todo el calor de agosto. Una brisa limpia
las libera, y se puede respirar a pleno sol, y el aire te entra en los
pulmones como si fuera una bebida fresca.
Mientras regaba los naranjos, empapando bien la tierra de los alcorques,
casi como si fuera a ser la última vez en que iban a recibir
el don vital del agua, y viendo la multitud de pequeños brotes
transparentes con que habían agradecido mis desvelos, me pregunté
si no debería estar más preocupado pues, a buen seguro,
Diego no vendría antes de octubre. Se lo dije a mamá,
y ella me dijo que no me preocupara tanto porque ahora ya iban a empezar
las lluvias y que a mis naranjos les bastaría con eso.
—El agua de lluvia es mucho mejor que el agua almacenada en una
balsa, ¿te das cuenta, Lucas? El agua de lluvia es libre y la
de la balsa suele ser agua estancada.
Y yo me daba cuenta de que al hablar del agua y de los naranjos estaba
hablando también de otras cosas; aunque, para ser sinceros, no
sabía muy bien de qué.
Al atardecer, cuando ya hubimos guardado la manguera en el cuarto de
las herramientas y cerrado la casa y comprobado que todo estaba en orden,
tal como lo encontramos hacía un mes, mamá dijo que ya
era hora de volver a Barcelona y dar por terminadas nuestras vacaciones.
Entonces, al meter la llave en el contacto del coche, se dio cuenta
de que algo faltaba en su mano derecha.
—Prueba con la piedra —me dijo mamá, sin tan siquiera
intentarlo ella.
Y, aunque yo lo imaginé con todas mis fuerzas, como si todo el
resto del mundo se hubiera ido al carajo y sólo existiera eso,
su forma de anillo planetario girando en el vacío interestelar,
con las letras de su nombre grabadas por dentro, supe, en el mismo momento
de lanzarla sobre mi hombro, que esta vez no iba a ser tan fácil
como tirar una piedra.
Octubre 1997.