A
mis 65 años me doy cuenta de que la mayoría de los problemas
que yo tengo son problemas porque quiero disfrutar de demasiadas cosas,
objetos en general, con la salvedad de que los objetos que yo poseo no
los tengo porque los haya podido comprar o por envidia sino porque los
quiero. Esto lo descubrí hace un año; y pensando en la muerte,
en la que pienso a menudo, me digo: ¿qué será de
estas cosas cuando me muera? Si las tratarán bien o no.
José Antonio Coderch
Los viernes por la tarde hacíamos siempre la misma ruta. Primero
íbamos a la frutería, después a la carnicería
y, finalmente, de tarde en tarde, nos encaminábamos sin prisas,
con esa tranquilidad del que no tiene otra cosa que hacer, a la plazoleta
cuadrada vecina a la iglesia. Así han quedado amalgamados en mi
mente el olor profundo de los albaricoques maduros, el mórbido,
casi tangible de la carne fresca, el olor penetrante a cuero y betún.
Porque en la plazoleta, que era al tiempo un lugar de paso y una especie
de pequeño claustro, con su parterre central donde matas de salvia
y tomillo oreaban de aromas la altura de un ciprés descabellado,
tenía su cuartel general el zapatero: un cobertizo con algo de
submarino, pues era largo, sumamente angosto. Al pasar, siempre se le
podía ver reclinado sobre sus herramientas a través de una
ventanilla con cristal corredero para el invierno. Tenía un aire
a lo Mel Ferrer, iba invariablemente vestido de negro, era cáustico
en el trato y sus palabras, a pesar del tono distante que empleaba, resultaban
tan afiladas como los tacones de los zapatos de mujer que, colgados del
revés en la pared, siempre por pares, formaban un tapiz usado y
sugerente sobre el cual destacaba la incógnita de su mirada. «Qué
te pasa, Mateo, parece que estás atontolinado», me decía
mamá tirándome de la mano; porque, aún cuando ella
había recogido o entregado ya sus zapatos, yo seguía allí
clavado como un pasmarote.
Me
fascinaba ver cómo envolvía con suma delicadeza los zapatos
en papel de periódico, como si envolviera almas. Eso parecían
los zapatos en casa del zapatero, almas sin dueño, llevadas a
reparar por un breve espacio de tiempo. La forma que el pie había
imprimido en ellos, ensanchándolos, moldeándolos con tenacidad
diaria, el desgaste del empeine, la desviación ligera del tacón
eran ya signos de fatiga, primeros síntomas; luego venía
la gravedad de los tacones rotos, de las suelas agujereadas, algo que
reclamaba a gritos una cura de reposo. Y el dueño de aquel sanatorio
con nombre de zapatero de viejo era aquel hombre inalcanzable y extraño.
No
dejaba de asombrarme la aparente naturalidad con que se producía
el intercambio de zapatos a través de la ventanilla, «Necesitan
tapas y medias suelas», decía él tras examinarlos
con su mirada de experto, «estarán listos el jueves que
viene», o «son cuarenta duros». Y mi madre recogía
los zapatos, depositaba cuidadosamente unas monedas en el estrecho mostrador.
Hasta luego, decía ella desplegando su mejor sonrisa. Yo miraba
alrededor: al otro lado de la plazoleta, la papelería regentada
por el sacristán de la iglesia, con grandes escaparates hasta
el suelo, era un cubo de cristal iluminado por dentro, repleto de alegres
mostradores que exhibían tebeos, cuadernos de caligrafía,
cartones con muñecas recortables y vestidos de quita y pon. Veía
entrar y salir a los niños, los más pequeños de
la mano de sus madres. También ellas llevaban sus zapatos al
zapatero, llevaban a reparar, de cuando en cuando, sus pequeñas
almas gastadas. Había algo extraordinariamente inquietante en
aquel enfrentamiento plácido de lugares tan dispares en el reducido
espacio de la plazoleta. Era como una antítesis muda, con el
árbitro del ciprés en medio, entre la ambigüedad
de aquella zapatería de viejo, siempre a media luz, con una sola
bombilla que pendía del techo creando cientos de sombras diminutas
que se despegaban, inmóviles, de las tachas, de las brocas, del
boj, de las puntas de los zapatos, y el carácter explícito,
lineal, rotundo, sin esquinas ni recovecos por explorar de la papelería.
Así
es como los zapatos entraron en mi vida, de una forma bien distinta
a como mis pies entraron en ellos, pues eso que me calzaba mamá
eran y no eran zapatos y, a veces, tenía mucho de tormento.
«Un
zapato no es más que un zapato», se desespera mi mujer,
porque ya me ha vuelto a pasar, la visión fugaz de un par de
zapatos singulares, un destello del otro lado de la calle, justo cuando
el semáforo se ponía en rojo. «Qué loco eres,
Mateo, ¿no ves que te van a atropellar?». Para ella, las
palabras son equivalencias. Dices “zapato” y se imagina
un simple objeto sin contorno, sin historia, nuevo y, a ser posible,
en el escaparate de una zapatería donde ella lo ve, entra y lo
compra. Quizás, sin el zapatero de mi infancia, yo seguiría
tan profano como ella en materia de zapatos.
Recuerdo
que era abril, los días alargaban y mi madre, como parecía
que yo empezaba a crecer, decidió darme una prueba de confianza.
«Mira, Mateo», me dijo, «hoy, cuando salgas del colegio,
irás a recogerme unos zapatos antes de venir a casa». No
me seducía la idea de enfrentarme solo al zapatero porque, aunque
me fascinaba, le temía también en secreto. Pero no me
negué; eso hubiera significado renunciar a mis primeras salidas
en solitario, y no tenía ninguna intención de darle la
excusa a mamá para que siguiera tratándome al igual que
si fuera un polluelo.
Yo
mismo oí mi voz lejana al encaramarme hacia la ventanilla, que
tenía el cristal corrido a medias. Por qué no podía
tener una voz firme, un silbido prolongado y fuerte, en lugar de esa
voz acobardada que susurraba, como si no se atreviera a existir, vengo
a buscar los zapatos de mi madre.Vi cómo el cristal terminaba
de correrse y unos ojos burlones asomaban por el espacio de la ventanilla.
«Ah, los zapatos de tu madre, sus chinelas negras», dijo,
con una familiaridad que me inquietó, como si dijera sus hermosos
pies de danzarina. Súbitamente tuve una revelación, me
pregunté cómo le había visto los pies a mamá,
si siempre que iba al zapatero iba calzada. Pero qué tontería,
me dije enseguida, si sólo ha dicho sus chinelas negras. Luego
le vi acariciar los suaves bordes adamascados, el perfil de sus tacones
suspirantes antes de envolverlas, al igual que si se estuviera despidiendo,
como si las chinelas estuvieran vivas. «Sabes», dijo, en
tanto su mano se tendía hacia las mías para entregármelas,
«he amado a todas las mujeres de esta pequeña ciudad...»
quedó en silencio, dejándome en vilo por unos instantes,
sin acabar de soltar el cuerpo menudo que formaban las chinelas de mamá
«... a través de sus zapatos».
Se
dio la vuelta y, sin prestarme más atención, descolgando
una bota de media caña alargada, prieta, con una piel adolescente,
tostada y lisa, se dispuso a tenderla en la bigornia.