"REVELACIÓN O UN PAR DE CHINELAS NEGRAS".
Rápido. Catálogo de la exposición celebrada en el Museo
del Calzado. Ayuntamiento de Barcelona, Barcelona, 1992


 

 

   
portada de Yann Mercader
A mis 65 años me doy cuenta de que la mayoría de los problemas que yo tengo son problemas porque quiero disfrutar de demasiadas cosas, objetos en general, con la salvedad de que los objetos que yo poseo no los tengo porque los haya podido comprar o por envidia sino porque los quiero. Esto lo descubrí hace un año; y pensando en la muerte, en la que pienso a menudo, me digo: ¿qué será de estas cosas cuando me muera? Si las tratarán bien o no.

José Antonio Coderch



Los viernes por la tarde hacíamos siempre la misma ruta. Primero íbamos a la frutería, después a la carnicería y, finalmente, de tarde en tarde, nos encaminábamos sin prisas, con esa tranquilidad del que no tiene otra cosa que hacer, a la plazoleta cuadrada vecina a la iglesia. Así han quedado amalgamados en mi mente el olor profundo de los albaricoques maduros, el mórbido, casi tangible de la carne fresca, el olor penetrante a cuero y betún. Porque en la plazoleta, que era al tiempo un lugar de paso y una especie de pequeño claustro, con su parterre central donde matas de salvia y tomillo oreaban de aromas la altura de un ciprés descabellado, tenía su cuartel general el zapatero: un cobertizo con algo de submarino, pues era largo, sumamente angosto. Al pasar, siempre se le podía ver reclinado sobre sus herramientas a través de una ventanilla con cristal corredero para el invierno. Tenía un aire a lo Mel Ferrer, iba invariablemente vestido de negro, era cáustico en el trato y sus palabras, a pesar del tono distante que empleaba, resultaban tan afiladas como los tacones de los zapatos de mujer que, colgados del revés en la pared, siempre por pares, formaban un tapiz usado y sugerente sobre el cual destacaba la incógnita de su mirada. «Qué te pasa, Mateo, parece que estás atontolinado», me decía mamá tirándome de la mano; porque, aún cuando ella había recogido o entregado ya sus zapatos, yo seguía allí clavado como un pasmarote.

Me fascinaba ver cómo envolvía con suma delicadeza los zapatos en papel de periódico, como si envolviera almas. Eso parecían los zapatos en casa del zapatero, almas sin dueño, llevadas a reparar por un breve espacio de tiempo. La forma que el pie había imprimido en ellos, ensanchándolos, moldeándolos con tenacidad diaria, el desgaste del empeine, la desviación ligera del tacón eran ya signos de fatiga, primeros síntomas; luego venía la gravedad de los tacones rotos, de las suelas agujereadas, algo que reclamaba a gritos una cura de reposo. Y el dueño de aquel sanatorio con nombre de zapatero de viejo era aquel hombre inalcanzable y extraño.

No dejaba de asombrarme la aparente naturalidad con que se producía el intercambio de zapatos a través de la ventanilla, «Necesitan tapas y medias suelas», decía él tras examinarlos con su mirada de experto, «estarán listos el jueves que viene», o «son cuarenta duros». Y mi madre recogía los zapatos, depositaba cuidadosamente unas monedas en el estrecho mostrador. Hasta luego, decía ella desplegando su mejor sonrisa. Yo miraba alrededor: al otro lado de la plazoleta, la papelería regentada por el sacristán de la iglesia, con grandes escaparates hasta el suelo, era un cubo de cristal iluminado por dentro, repleto de alegres mostradores que exhibían tebeos, cuadernos de caligrafía, cartones con muñecas recortables y vestidos de quita y pon. Veía entrar y salir a los niños, los más pequeños de la mano de sus madres. También ellas llevaban sus zapatos al zapatero, llevaban a reparar, de cuando en cuando, sus pequeñas almas gastadas. Había algo extraordinariamente inquietante en aquel enfrentamiento plácido de lugares tan dispares en el reducido espacio de la plazoleta. Era como una antítesis muda, con el árbitro del ciprés en medio, entre la ambigüedad de aquella zapatería de viejo, siempre a media luz, con una sola bombilla que pendía del techo creando cientos de sombras diminutas que se despegaban, inmóviles, de las tachas, de las brocas, del boj, de las puntas de los zapatos, y el carácter explícito, lineal, rotundo, sin esquinas ni recovecos por explorar de la papelería.

Así es como los zapatos entraron en mi vida, de una forma bien distinta a como mis pies entraron en ellos, pues eso que me calzaba mamá eran y no eran zapatos y, a veces, tenía mucho de tormento.

«Un zapato no es más que un zapato», se desespera mi mujer, porque ya me ha vuelto a pasar, la visión fugaz de un par de zapatos singulares, un destello del otro lado de la calle, justo cuando el semáforo se ponía en rojo. «Qué loco eres, Mateo, ¿no ves que te van a atropellar?». Para ella, las palabras son equivalencias. Dices “zapato” y se imagina un simple objeto sin contorno, sin historia, nuevo y, a ser posible, en el escaparate de una zapatería donde ella lo ve, entra y lo compra. Quizás, sin el zapatero de mi infancia, yo seguiría tan profano como ella en materia de zapatos.

Recuerdo que era abril, los días alargaban y mi madre, como parecía que yo empezaba a crecer, decidió darme una prueba de confianza. «Mira, Mateo», me dijo, «hoy, cuando salgas del colegio, irás a recogerme unos zapatos antes de venir a casa». No me seducía la idea de enfrentarme solo al zapatero porque, aunque me fascinaba, le temía también en secreto. Pero no me negué; eso hubiera significado renunciar a mis primeras salidas en solitario, y no tenía ninguna intención de darle la excusa a mamá para que siguiera tratándome al igual que si fuera un polluelo.

Yo mismo oí mi voz lejana al encaramarme hacia la ventanilla, que tenía el cristal corrido a medias. Por qué no podía tener una voz firme, un silbido prolongado y fuerte, en lugar de esa voz acobardada que susurraba, como si no se atreviera a existir, vengo a buscar los zapatos de mi madre.Vi cómo el cristal terminaba de correrse y unos ojos burlones asomaban por el espacio de la ventanilla. «Ah, los zapatos de tu madre, sus chinelas negras», dijo, con una familiaridad que me inquietó, como si dijera sus hermosos pies de danzarina. Súbitamente tuve una revelación, me pregunté cómo le había visto los pies a mamá, si siempre que iba al zapatero iba calzada. Pero qué tontería, me dije enseguida, si sólo ha dicho sus chinelas negras. Luego le vi acariciar los suaves bordes adamascados, el perfil de sus tacones suspirantes antes de envolverlas, al igual que si se estuviera despidiendo, como si las chinelas estuvieran vivas. «Sabes», dijo, en tanto su mano se tendía hacia las mías para entregármelas, «he amado a todas las mujeres de esta pequeña ciudad...» quedó en silencio, dejándome en vilo por unos instantes, sin acabar de soltar el cuerpo menudo que formaban las chinelas de mamá «... a través de sus zapatos».

Se dio la vuelta y, sin prestarme más atención, descolgando una bota de media caña alargada, prieta, con una piel adolescente, tostada y lisa, se dispuso a tenderla en la bigornia.

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translated by Valerie Collins















































































© 2004 ana planella